Primeras notas abril 2020
Previo a la cuarentena no sentía este como un hogar, como el nido. Era el
espacio que habitaba pero que no conocía tanto (aun no nos conocemos en
profundidad).
Hay algunas situaciones que decidí focalizar.
Cuando está oscuro y me muevo, para llegar a una tecla de luz, siento que me
voy a golpear, no tengo incorporadas las distancias, no hay un mapa mental
instalado que me haga navegar sin pensar. El miedo a pegarme contra algo
hace que vaya lento, que manotee todo lo que puedo, que me vaya agarrando
de las paredes como si estuviera en un precipicio. (Temor al golpe sorpresa en
los dedos del pie, peor si es el meñique)
Hay algunas cosas que intervine. Arreglar, reparar, cambiar, usar. La pileta de
la cocina chorreaba agua hacia abajo y le cambie la membranita que mantiene
la unión entre el aluminio y la mesada de marmolina aislada del espacio de
madera que hay abajo. Pintar el cuarto, de un amarillo casi macrista a un
blanco pacífico, fue otro de los gestos que hicieron que este lugar fuera más
cercano.
No tenemos balcón. Pero si tenemos una ventana grande orientada al norte,
con lo cual, recibimos la luz del sol de casi todo el día. Hay algunos edificios en
a la vista, pero de todos modos podemos mirar el cielo y no sentir una
compresión por parte del resto de los muros. Hay un parquecito prácticamente
debajo nuestro, en otra vivienda, y un árbol alto que empata nuestra altura de
3er piso, es como un respiro de cemento importante. Los colores del atardecer
son un tema aparte, por suerte o por los arquitectos o por lo que sea, llegamos
a ver casi toda la puesta del sol.
Los sonidos que percibimos grafican mucho el lugar. Estamos pegades al
ascensor y se oye bastante. Puedo llegar a saber cuanto tarda alguien desde la
planta baja hasta nuestra puerta o puedo intuir que vecino del piso es, según
con que fuerza cerró la puerta. Hay un señor que no conocemos, pero lo llamo
el puteador, porque cada tanto grita como desde un piso de abajo: “la concha
de mi madreeeeeee” con la E sostenida un tiempito. No se si es un violento, si
es algún tipo de chiste extraño o si tiene alguna cuestión psicológica o
psiquiátrica, aunque creo que en los casos anteriores también entra la cuestión
psíquica. Arriba, justo a centímetros de distancia, vive el portero. Lo se porque
un par de meses tuve que ir a pagar las expensas a su casa, el tema es que los
fines de semana van como 4 o 5 personas más, a zapatear, escuchar música
muy fuerte y gritan bastante (no una locura como en un recital, pero como si
estuvieran en Musimundo escuchando CD’s en las máquinas esas con
auriculares aislantes, pero en este caso, cantando todos a la vez arriba
nuestro). El tema es que es cuarentena, no pueden ir y venir sin motivos, pero
no puedo ir a decirles nada porque es la casa del portero, que dicho sea de
paso es de esas personas que no emite una expresión nítida con su rostro, con
lo cual nunca sé si le molesta que le diga algo o no. Que le diga algo en esta
ocasión o en cualquier otra habitual.
Al escribir esto pensaba en los sentidos, y como a partir de estos, proceso la
información que recibo del espacio en el que vivo.
Hay una tendencia en ciertas situaciones. Algunas están atravesadas por una
forma de percibir, o de su nulidad y la necesidad de recurrir a otros modos.
Por ejemplo, cuando esta oscuro, lógicamente no puedo ver enseguida, y el
mapa mental de la casa tiene cortocircuitos, es por ello que voy palpando
paredes y objetos que me van indicando el recorrido. La falta de vista, aumenta
el tacto y a su vez incrementa el temor a lo desconocido o al dolor.
Otro caso serían los sonidos. Puedo imaginar como serían esas escenas al
escucharlas, sin haber visto realmente como son esas personas o que está
pasando fehacientemente mientras se escuchan ruidos en el edificio.
Con la luz de la ventana del living tengo algo particular. Según la luz que
ingresa, sus colores, direcciones, lugares donde proyecta sombra y demás,
puedo empezar a darme una idea de que quisiera comer o tomar en la mesa
que esta en su orilla. Hay tonos de la tarde que piden a gritos unos mates, unas
galletas con miel, o incluso si es fin de semana y nos animamos a comer chipa.
La oscuridad de la noche y algunas luces que vienen de la avenida, piden
cena, algún vino o algo por el estilo. En fin, la ventana también incide en mis
papilas gustativas y provoca una predisposición para un mimo al paladar.
Comentarios
Publicar un comentario