Nota - 8 pasos



El trayecto que voy a describir tiene un carácter mutable, me puede parecer más largo o más corto y sentirse mejor o peor, dependiendo varios factores. Tiene una distancia de unos escasos metros. En general, oscila entre ocho pasos u ocho y medio, pero a veces pueden agregarse algunas pisadas extra, que sirven para retomar el rumbo. 

El punto de partida es la cama. Mi posición horizontal se va transformando en una especie de incorporación al plano vertical, aunque mi postura tenga poco de erguida. Para visualizarlo, estoy más cercano al Sr. Burns, que a algo rígido. 


La primera maniobra es sencilla, por su propio peso, la piernas salen bien el 99,9% de las veces de abajo del acolchado. Luego, viene el aterrizaje, hay que hacer contacto con el piso para ubicarme en tiempo y espacio. La frase “hay que tener los pies en el suelo” cobra mayor sentido cuando todo está oscuro. Los dedos primero y luego toda la planta empiezan a leer braile en el suelo, tratando de identificar qué indicaciones recibe de esta superficie más bien fresca. 

Cual jinete, le doy un pequeño golpecito con los talones a la base de la cama. Ahora hay que ver desde qué parte del modesto sommier estoy descendiendo. El sueño, tramposo, puede dejarme en algún lugar del colchón, como si me durmiera en un colectivo y me pasara bastante de mi parada. El pie derecho, con los dedos de afuera, va acercándose tímidamente al mueble de los cajones. Una vez que lo toco, las coordenadas son mucho más precisas. 


No hay tiempo para alpargatas, pantuflas, ni calzado alguno. Es una maniobra de emergencia y no podemos perder tiempo en chucherías. Hay una misión que cumplir y cuanto antes posible, mejor.  


Ya habiendo trazado mi ubicación, lanzo mi mano derecha hacia el marco de la ventana. Es fácil saber cuando me voy acercando, porque entra una leve corriente de aire emitiendo un silbido (hace algunas décadas se la denominaba científicamente “chiflete”). Al alcanzar la ventana, puedo ponerme de pie con menor lentitud, que no es lo mismo que mayor velocidad. 


Giro mi cuerpo 45° y emprendo mis ocho pasos. 

No hay que pensar en el 8vo paso si todavía no di el primero. Esa es la premisa tras algunos periplos accidentados. 


Comienzo a caminar, los primeros pasos son tímidos, hasta avergonzados. Como si recién llegaras a una fiesta que no te invitaron. Alcanzo el paso dos, que casi siempre es con la izquierda (porque generalmente arranco con la derecha) y me voy distanciando de las costas de la cama. El primer cuarto del viaje viene bien, pero tranquilo, hay que pensar en la premisa. 

En ese momento me aproximo a la puerta. Siempre está abierta y tiene un tope de los que están clavados en el piso, que siembra incertidumbre en mi dedo meñique, porque nunca se cuan entreabierta está. Una trampa, una mina explosiva que no recuerdo donde la coloqué. 

Mi antebrazo derecho va haciendo de escudo y en el paso 3, suelo tocar la arista de la puerta. ¡Hicimos contacto! El dedo meñique respira aliviado. 


Queda otro paso hasta alcanzar el marco de la puerta. El pie izquierdo va galopando en el 4to movimiento y a su vez recibe información de la mano de la misma ideología, la cual le confirma que está tocando el frío metal de la entrada al cuarto. Perfecto, salimos de la habitación airosos, queda medio trayecto, que no es poco. 

El quinto paso es la transición entre la habitación y este espacio que conecta los dos ambientes y el baño. 

Ese sector es el más cálido de nuestro hogar. Lógico, ya que en la pared que da al exterior, la misma de la ventana del cuarto, se encuentra la estufa. 


Gran referencia espacial. El calorcito que emana este aparato indica que estamos por llegar al frente de la puerta del baño. Si hay viento, se escucha un soplido que entra por el conducto de la ventilación. Me hace acordar a cuando me iba aproximando a la plaza de chico y escuchaba los sonidos de la gente y la calesita, era la sensación de que algo bueno está cerca. 


Ahora entrando en los últimos pasos, se viene una maniobra de aproximación. El objetivo está unos grados a la izquierda y para eso tengo que cambiar de dirección a tiempo. 


El sexto paso repite la operación del 4to , pero esta vez mi mano va a palpar el comienzo de la puerta del baño. Antes, puede ser que toque la pared y luego derive en la puerta, es una cuestión fortuita. Lo cierto es que el séptimo paso, con el pie derecho, tiene que calzar justo debajo del marco de la puerta del baño. Si me llego a pasar me pego contra la esquina y posiblemente con el entusiasmo que manejo en esta instancia, le pegue fuerte. Ergo, me va a doler bastante. 

Para evitar todo tipo de incidentes, el pie derecho ingresa con el talón bien hacia abajo y los dedos elevados, como si estuviera pisando una pelota de fútbol y le quiero tirar un caño a alguien que viene de frente. De esta forma riquelmista, logro sentir con precisión mi ingreso al baño. 


Último paso. Lo peor ya pasó, ahora hay que concretarlo. La última prueba en este laberinto de tinieblas es llegar a la llave de la luz. La altura de la tecla será un poco más abajo que mi pecho, pero jamás acierto de primera. A veces juego con la llave de entrada al edificio, esa que es rectangular, finita y tiene agujeritos en ambos lados, a ver si la emboco en el primer intento sin frenar desde el bolsillo. Volviendo a la luz del baño, no es sencillo su acceso, porque tiene el toallero de manos justo arriba, con lo cual la toalla tapa las teclas. Plural, son dos teclas. La de arriba es para la luz y la de abajo para el extractor (el villano del sueño de corrido a las 5 am y su arma letal: el sonido intenso). 

Voy con mi brazo flexionado, como en forma de U, y trato de sentir la textura de la toalla. A veces pienso que pasaría si me quedo un rato descalzo, tratando de prender la luz y meto los dedos en el tomacorriente que esta milímetros por debajo de las teclas. Mejor no pensarlo, intento tocar el plástico que rodea las llaves y que contrasta con el azulejo de la pared. Los dedos en forma de “montoncito”, con unos leves movimientos, atraviesan la toalla, llegan a la pared y finalmente sienten el relieve de la tecla de luz. Aprieto y ahora sí, la luz revela otra realidad que el sueño acumulado en mis ojos no me permite divisar del todo, pero que es suficiente para moverme un poco más como en casa.

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